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FIESTA DEL BEATO PAPA JUAN PABLO II EN LA BASILICA DEL LLEDO

El pasado sábado, 22 de Octubre la Basílica de Ntra. Sra. del Lledó celebró la fiesta litúrgica del beato papa Juan Pablo II. Es la primera fiesta celebrada tras la beatificación del día Primero de Mayo. En aquella ocasión, la Santa Sede estableció la memoria litúrgica cada año del nuevo beato el 22 de octubre, día en que dio inicio  su pontificado. El Santuario de la Virgen del Lledó fue elevado a la dignidad de Basílica por el papa Juan Pablo II el día primero de mayo de 1983, fiesta litúrgica de la patrona de Castellón.

Con motivo de la fiesta, el lienzo de pintura donde se representa al Papa Juan Pablo tomando bajo su protección la Basílica, aparecía iluminado y adornado con flores. Muchos fieles se acercaron durante toda la jornada para encender sus ofrendas en el lampadario, que se encuentra bajo el lienzo que realizó en su día el joven pintor Felipe Herrero Rodero.

En la celebración vespertina, a la que acudió un numeroso grupo de niños que se preparan para recibir el año próximo la Primera Comunión, se rezó la oración propia de la Misa, leyéndose en el momento de la homilía el discurso pronunciado por el papa Juan Pablo II en San Pedro del Vaticano, tal día como hoy del año 1978. También como signo de veneración, se incensó la imagen del papa en diferentes momentos de la celebración de la Eucaristía, que fue cantada por la Coral “Veus de Lledó”.

 

Homilía del beato Juan Pablo II, papa, en el inicio de su pontificado

(22 de octubre 1978)

¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo! ¡Pedro vino a Roma! ¿Qué fue lo que le guió y condujo a esta Urbe, corazón del Imperio Romano, sino la obediencia a la inspiración recibida del Señor? Es posible que este pescador de Galilea no hubiera querido venir hasta aquí; que hubiera preferido quedarse allá, a orillas del Lago de Genesaret, con su barca, con sus redes. Pero guiado por el Señor, obediente a su inspiración, llegó hasta aquí.

Según una antigua tradición  durante la persecución de Nerón, Pedro quería abandonar Roma. Pero el Señor intervino, le salió al encuentro. Pedro se dirigió a El preguntándole: «Quo vadis, Domine?: ¿Dónde vas, Señor?». Y el Señor le respondió enseguida: «Voy a Roma para ser crucificado por segunda vez». Pedro volvió a Roma y permaneció aquí hasta su crucifixión.

Nuestro tiempo nos invita, nos impulsa y nos obliga a mirar al Señor y a sumergirnos en una meditación humilde y devota sobre el misterio de la suprema potestad del mismo Cristo.

El que nació de María Virgen, el Hijo del carpintero – como se le consideraba –, el Hijo del Dios vivo, como confesó Pedro, vino para hacer de todos nosotros «un reino de sacerdotes».

El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo –Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey– continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios participa de esta triple misión. Y quizás en el pasado se colocaba sobre la cabeza del Papa la tiara, esa triple corona, para expresar, por medio de tal símbolo, el designio del Señor sobre su Iglesia, es decir, que todo el orden jerárquico de la Iglesia de Cristo, toda su “sagrada potestad” ejercitada en ella no es otra cosa que el servicio, servicio que tiene un objetivo único: que todo el Pueblo de Dios participe en esta triple misión de Cristo y permanezca siempre bajo la potestad del Señor, la cual tiene su origen no en los poderes de este mundo, sino en el Padre celestial y en el misterio de la cruz y de la resurrección.

La potestad absoluta y también dulce y suave del Señor responde a lo más profundo del hombre, a sus más elevadas aspiraciones de la inteligencia, de la voluntad y del corazón. Esta potestad no habla con un lenguaje de fuerza, sino que se expresa en la caridad y en la verdad.

El nuevo Sucesor de Pedro en la Sede de Roma eleva hoy una oración fervorosa, humilde y confiada: ¡Oh Cristo! ¡Haz que yo me convierta en servidor, y lo sea, de tu única potestad! ¡Servidor de tu dulce potestad! ¡Servidor de tu potestad que no conoce ocaso! ¡Haz que yo sea un siervo! Más aún, siervo de tus siervos.

¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!

¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!

¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!

Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, pues, – os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza – permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo El tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!

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