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Historia de la Basílica del Lledó. (I)

Capitulo I. LOS ORÍGENES

Los orígenes de éste sagrado lugar se pierden en los tiempos. La religiosidad, la fe y el culto a Santa María bajo la advocación del Lledó, se alternan en los primeros momentos de su historia con la leyenda, la tradición y la mitología. Castelló, la ciudad y la comarca, se ha postrado de generación en generación y a lo largo de toda su historia, ante una diminuta imagen de la Virgen, motor e impulso de importantes iniciativas religiosas, devocionales, artísticas y sociales en el pasado y en el presente. El santuario-basílica, en la huerta de la Plana, a un kilómetro de la capital, es hoy epicentro de religiosidad mariana y lugar de encuentro de toda la diócesis y aún de otras gentes.                                                                                          La tradición señala la fecha de 1366 como el inicio del culto y veneración de la sagrada figura, a partir del momento en que esta diminuta imagen de apenas 6 cm de altura, es encontrada bajo las glebas del arado del labrador “Perot de Granyana”, según relataba con minuciosidad el supuesto y controvertido Llibre de Be e de Mal de la Ciutat de València [1].

El topónimo del lugar, los documentos exhumados y reinterpretados y las interesantes características formales de la imagen, confirman al Lledó castellonense como un antiguo lugar de culto. La pequeña figura y las sucesivas iglesias y santuarios edificados para cobijarla, se vinculan con la historia de la ciudad desde el momento mismo de su fundación.

El lugar del Lledó y sus inmediaciones fueron ya habitados en época romana y árabe. Durante el verano de 1982, los Servicios de Arqueología de la Diputación castellonense realizaron una campaña de excavaciones en una reducida zona recayente en el ángulo existente entre la fachada principal del templo y la casa Prioral [2]. Las prospecciones localizaron abundantes restos cerámicos, la mayor parte de ellos en un silo excavado en el subsuelo de una hipotética vivienda musulmana. El material más interesante encontrado fue cerámica “sigillata”, fragmentos de “dolium” y detegula”, así como varias monedas y distintos elementos arquitectónicos, con una cronología remontable al siglo II d.C. La ruina de estos edificios ocasionó con el tiempo una pequeña elevación del terreno conocida  en valenciano como un “pujol”.


[1]BALBAS, Juan A. (1890): La Virgen del Lidón. Apuntes históricos. Castellón.

[2]X Aniversario (1975-1985) Servicio de Investigaciones arqueológicas y Prehistóricas, Diputación Provincial, Castellón (1985),p.86

La colina o fortaleza del dios Lug.

En el Llibre de válues de peyta de 1398, del Archivo Municipal de Castelló, se registra a nombre de Pere Miquel, llaurador, “la terra del pujol a Sta. Maria del Ledó”, “pujol” hoy inexistente, como indica Sánchez Adell, pero que cabe suponer de características semejantes a los accidentes geográficos que los arqueólogos denominan un “tell” o pequeña colina artificial, producto de derrumbamientos de otras construcciones precedentes[1]. En la comarca de la Plana, constituyen un buen ejemplo de éste tipo de yacimientos arqueológicos el estudiado por Norberto Mesado en Vinarragell, situado en el margen derecho del “riu de Millars”, en el término de Borriana y precisamente junto al mismo Caminàs que discurre frente la basílica del Lledó.

Este “pujol”, del que la documentación no ha conservado más que el solo testimonio de 1398, pudo desaparecer al ser arrasado, bien por la construcción de los primeros templos conocidos del Lledó, o en el proceso de ampliación de las tierras de cultivo durante la  edad media, a fin de hacer posible la llegada de las aguas de riego hasta dichas tierras[2]. El que existiera un yacimiento arqueológico, a consecuencia de antiguos establecimientos árabes y romanos,  aplanados para la construcción del templo medieval, podría justificar el estado de ruina del santuario del siglo XVII, construido por Joan Ibáñez. Pero también el desmoronamiento de la cúpula del crucero, pocos años después de su construcción. El último eslabón de esta cadena seria el hundimiento de la cúpula de la iglesia en 1741,  por falta de firmeza en el suelo.

Abundando en esta cuestión, en 1966 el doctor Antoni Badía i Margarit en un interesante estudio, sentó las bases para modificar la tradicional interpretación arbórea del topónimo del Lledó castellonense[3]. Al menos desde el siglo XVI, con la aparición de los primeros documentos que relatan la supuesta “troballa” de la imagen, se  identifica el lugar y nombre de la Virgen con el árbol llamado en valenciano “lledoner” y “almez” en castellano y nunca con un accidente geográfico.

Sin embargo el lingüista considera que, efectivamente, Lledó tiene una significación relacionada con el relieve del terreno y para demostrarlo, aporta un documento del año 978 que registra la donación de unas tierras en el término de Lucduno, la actual población de Lledó d’Empordà, por el conde Miró de Besalú y el obispo de Girona al monasterio de sant Pere de Besalú. El investigador afirma que este topónimo procede de la forma célticalugdunum”, con una procedencia idéntica a la raíz del nombre de la ciudad francesa de Lyon, que significa montaña o colina, y en nuestro idioma “pujol”.  De hecho, Badía i Margarit refuerza su teoría señalando la existencia de una pequeña población llamada Pujol, cercana a este Lledó catalán[4].

Según esta hipótesis, el orónimo Lledó<Lugdunum, la colina o fortaleza del dios Lug, podría establecer una relación de este lugar con la divinidad solar más significativa del mundo céltico, el dios Lug, la deidad mas venerada en la Galia en época romana, a quien se consideraba inventor de todas las artes.   Comienza a plantearse de este modo con fuerza la idea de una posible cristianización cultual de un entorno sagrado anterior: Un hecho que se intenta explicar por la expansión de los pueblos celtibéricos desde el noroeste de la península hacía el Mediterráneo, tendencia que fue interrumpida por el advenimiento del Imperio Romano.

Castelló de la Plana, como afirma M. Carceller, se nos presenta de acuerdo con la interpretación de Lledó con una raíz de base céltica, como el eslabón más meridional de Europa donde se constataría la existencia de un nombre explicable como colina de Lug. Se abre, con ello, en el campo de la fenomenología religiosa, una nueva cuestión que sólo los testimonios documentales podrán esclarecer algún día.

Ciertamente son numerosos los ejemplos de ermitas y otros lugares de culto, que se ubican en asentamientos de hábitat precristiano y aún anterior a la romanización, en ocasiones con un carácter religioso tan evidente como el que la arqueología ha venido demostrando. La basílica se encuentra erigida junto al Caminàs, un viejo camino prerromano que atraviesa toda la comarca de la Plana de norte a sur, en un trayecto paralelo al mar, marcando dos niveles geológicos: El nivel inferior, entre este camino y el mar, originariamente pantanoso y cubierto de espesa vegetación, que fue transformado parcialmente en huerta por romanos y árabes. Y el nivel superior, hasta su línea de contacto con el secano, que se transformaría en la vieja huerta de Castelló[5].

“ A la vora del vell Caminàs”.

Desde los primeros momentos éste singular camino, “el Caminàs”, se convirtió en eje de los primitivos núcleos de población en la Plana. Prueba de ello son los abundantes yacimientos arqueológicos protohistóricos al sur del Millars, situados junto al Caminàs o en sus proximidades, a menudo con poblados construidos sobre pequeñas elevaciones de terreno. Este seria el caso de los ya citados en el Lledó y Vinarragell y  también el  “pujol de Gasset”, en el Grau de Castelló, entre la acequia de Patos y la Sotanella, donde se localizó un importante plomo con escritura ibérica, que hoy se expone en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

A lo largo pues del Caminàs y en su confluencia con los caminos que discurrían en sentido perpendicular a la costa, se localizaban las antiguas alquerías árabes, pequeños núcleos de poblamiento que albergaban a los miembros de una misma familia o clan. La documentación nos revela la existencia de las alquerías de Almalafa, Beni Amargo (Villamargo), Benimarhúa, Benimahomet, Binahut, Binaciet (Vinatxell), Benirabe, Benicatol, Beniairen, Fadrell y Teccida (Taxida) entre otras. Desde el siglo XII Fadrell fue la más importante. La alquería de Benirabe, situada a un nivel ligeramente superior, fue elegida en 1251 para fundar la nueva población de Castelló.

El castell de Fadrell o castell de la Magdalena ofrecía, por su parte, refugio y protección a los habitantes de estas alquerías dispuestas a lo largo del Caminàs, teniendo a su cargo la recaudación de los tributos y la vigilancia de las vías de comunicación. Este camino recibió después de la conquista de Jaume I en 1233 el sonoro nombre de Caminàs, el camino grande por excelencia. En lugares más o menos próximos a las antiguas alquerías se construirán en el transcurso de nuestra historia “Las Ermitas del Caminàs”.

La interpretación botánica del topónimo “lledó”.

Badía i Margarit observa también que en la edad media es frecuente que un nombre antiguo pierda para la sociedad su significado genuino, otorgándosele otro más claro. Este proceso, según comenta Sánchez Adell, pudo producirse en el Lledó castellonense, al olvidarse el sentido del nombre del relieve y buscarse una asociación botánica, el lledoner como árbol, en relación con la abundancia de lledoners en tierras de la Plana.

El nuevo topónimo “Lledó”, que hace referencia al árbol del lledoner, según el significado más primitivamente documentado del término, refrendaría la explicación tradicional de la troballa de la imagen. Esta acepción del término fue señalada ya por Lluís Revest quien, comentando el documento castellonense más antiguo en que aparece la forma “lledó”, constata que “es usual para designar a la imagen y al árbol que le dio nombre, hace siglos”.

El hecho de que los orónimos, nombres de relieve, no lleven artículo, según Badía Margarit, nos conduce a un nuevo dilema, pues ambas formas, “lledó” o “El Lledó”, conviven en los documentos históricos y en el uso popular, tanto hace siglos como ahora. Para Sánchez Adell la forma sin artículo significaría un residuo del primitivo orónimo, y por tanto, podría inducir a creer que Lledó puede derivar del céltico “Lugdunum”.

Geografía de Lledó

La geografía de los “lledons” se extiende por tierras catalanas, desde l’Empordà hasta la Plana, y desde el Matarranya, en Aragón, hasta Mallorca[6]. La ciudad de Lledó d’Empordà es la población más septentrional. En medio de un terreno accidentado encontramos este pueblo, a 15 km. de Figueres, rodeado de bosques de pinos y carrascas, que fue sede de un monasterio medieval llamado el “Priorat de Santa Maria de Lledó”, administrado por los frailes de la regla de san Agustín. Más próximo a la costa, en el Baix Empordà, se encuentra Sant Cebrià de Lledó. Entre Corbera y Ordal, poblaciones situadas en el Penedés, el famoso Pont de Lledoner les sirve de unión desde el siglo XVIII. El doctor Alvar Monferrer, aporta también la existencia del antiguo pueblo de Sant Julià de Palou, integrado ahora con el nombre de barrio del Lledoner en el norte de la ciudad de Granollers, en el Vallés Oriental, donde veneran en la iglesia parroquial una imagen de la Mare de Déu del Lledó del siglo XIII.

El lledoner es también el nombre de una gran masía y antiguo hostal en el término de Cervelló, cerca del río Llobregat. Tierra adentro está Lledó d’Algars, en la zona aragonesa de lengua catalana.  Y en una zona forestal de pinadas, tan sólo a unos kilómetros más hacia el norte, está otro encantador pueblo de interior, Arenys de Lledó.

En Tarragona, la ermita de Sant Joan del Lledó fue derribada para construir las instalaciones de la refinería d’en Petrol. Aquella sencilla iglesia medieval albergaba una preciosa imagen románica de la Mare de Déu del Lledó, que actualmente se venera en la Pobla de Mafumet, la población más cercana, en el mismo Camp de Tarragona[7]. El día de la Candelaria, 2 de febrero, se celebra su fiesta principal, con procesión, música y cultos solemnes. La fiesta adquiere carácter extraordinario cada diez años, con el adorno de portales en las casas  y  el montaje de altares  populares. La escultura original es una talla del siglo XII-XIII, sedente, como la mayoría de estas imágenes, con el Niño Jesús sobre las rodillas.

Pero es en la cercana ciudad de Valls, en el Alt Camp, donde el paralelismo con Castelló sorprende aún mas. La leyenda cuenta que la imagen de la Mare de Déu del Lledó, patrona de Valls, fue hallada en el tronco de un lledoner en 1366, la misma fecha de la supuesta troballa castellonense, por un tal Pere Castelló, sugeridora coincidencia que merecería un estudio comparativo.

El topónimo que comentamos también está presente tierra adentro. En la costa oriental de Sa Dragonera, en las Baleares, se encuentra la cala Lledó, puerto natural donde existen restos prehistóricos de la llamada cultura de los talaiots. En definitiva, el nombre del lugar, los documentos conocidos y las características formales de la imagen, son elementos que confirmarían al Lledó castellonense como un espacio religioso ancestral.

El documento más antiguo de Lledó.

El documento histórico escrito más antiguo que nos habla de la basílica de Santa María del Lledó data de 1375 y fue publicado por E. Díaz Manteca en las páginas del desaparecido Boletín del Centre d’Estudis de la Plana[8]. Localizado en el Archivo Histórico Nacional en Madrid, entre los fondos archivísticos de la cartuja de Vall de Crist, en la sección del clero, se refiere al hecho según el cual Berenguer Vicent, deán de la catedral de Valencia, en nombre y representación de Pietro Corsini, cardenal y rector de la Iglesia de Santa María de Castelló,  autoriza al Consell Municipal de la Villa y al Vicario de esta misma iglesia parroquial, Pere Pons, para que puedan celebrarse diariamente misa y oficios divinos en el templo de Lledó. La petición había sido presentada a instancias y ruegos de los Jurados. El citado cardenal también concede autorización para que las ofrendas de los fieles y otros donativos, presentes y futuros, sean para el rector de la iglesia parroquial.

El documento habla de “ermitanea ecclesia”, confirmando la hipótesis elaborada por Lluís Revest al afirmar que el santuario, ya en tiempos medievales, no era un humilladero, ni una capilla. Más grande o más pequeño, era un verdadero templo al que nunca se le da el nombre de “capella” u otro análogo, sino que siempre se le nombra comoesgleya”, “església”, o “ecclesia”. Su administración perteneció desde el primer momento al Consell y prueba del interés municipal por este lugar es el nombramiento de oficiales únicamente para las iglesias de Lledó y de Santa María, pero nunca para otros templos o ermitas, como por ejemplo la de la Magdalena, también de propiedad municipal,  a la que se dirigió desde aquel mismo año de 1375 una procesión de penitencia[9].

Según Díaz Manteca, la súplica del Consell y del Vicario de la Iglesia Mayor, debió de efectuarse con anterioridad al mes de enero de 1372, otorgándose también la licencia para oficiar la santa misa en un altar erigido en el santuario, tal vez uno o varios años antes del que marca el documento. Estamos pues en 1370. En el documento en cuestión no se menciona en absoluto la troballa, ni el hallazgo de la imagen, ni el labrador Perot de Granyana, siendo fechas bien próximas a la legendaria aparición de 1366. Tan sólo cuatro años de diferencia los separan y, en éste momento, el culto en Lledó era diario, con un altar para la celebración de la santa misa, caso inaudito para una ermita supuestamente construida pocos años antes.

El segundo documento en antigüedad, visto y reseñado ya a principios del siglo XVIII por José Llorens de Clavell, se refiere a la deliberación conciliar del Consell de la Villa de 30 de julio de 1385, diez años después del anterior, donde la autoridad municipal acuerda nombrar por vez primera una persona responsable del gobierno del santuario.

“ de temps de la conquesta ençà”.

El dato más importante, sin embargo, se encuentra en otro diploma posterior, éste de 10 de Septiembre de 1405, que aporta una información nueva y más interesante sobre los orígenes documentales del templo del Lledó. El papa Benedicto XIII (1394-1417), llamado también el papa Luna, anexionó en 1397 la Iglesia de Santa María de Castelló con todas sus rentas a la cartuja de Vall de Crist. Por esta Bula, expedida en Aviñón, la Iglesia Mayor de nuestra ciudad quedó sujeta durante más de cuatro siglos al férreo yugo del prior de aquel monasterio. Por este motivo, la documentación sobre la Iglesia Mayor siempre habla del Vicario Mayor, una especie de “subalterno”, en consideración a que el cargo de  párroco o responsable último siempre lo era el prior del monasterio. La emancipación no llegaría sino hasta el año 1835 con la supresión de las comunidades religiosas, y la desaparición de aquel poderoso cenobio próximo a Segorbe, en la comarca castellonense del Alto Palancia.

A los nueve años de ejercer la rectoría, Pere Pujol, prior de la cartuja de Vall de Crist, viaja a nuestra ciudad a principios del año 1405 para tomar posesión del templo parroquial y cobrar su rentas. No satisfecho con ello y creyendo que también le correspondía la administración del santuario, toma posesión de forma oculta de la Iglesia del Lledó ante la oposición de los Jurados de la Villa, que se niegan a dejar en manos de los monjes cartujos su administración. Los representantes del Consell Municipal, profundamente molestos e indignados por el atropello, alegan en su protesta unos derechos adquiridos por el municipio sobre el mismo “desde la época de la conquista” y que no estaban dispuestos a perder: “La dita Ecclesia de Madona Sancta Maria del Lledó, dicen los Jurados, és estada regida e administrada per la dita Vila (…) del temps de la conquesta ençà”. La tajante afirmación no deja lugar a dudas ni a posibles interpretaciones. Desde el primer tercio del siglo XIII, el Consell castellonense tiene memoria que en Lledó existe un santuario bajo esta advocación mariana, que es administrada única y exclusivamente por el municipio.

En el escrito leído públicamente en la plaza Mayor por los jurados y síndicos de la ciudad, se hizo constar de forma enérgica la posición mantenida por las autoridades de la Villa: la administración de la iglesia de Madona Sancta Maria del Lledó era incumbencia exclusiva del municipio, que la regia a imagen y semejanza de la iglesia mayor de Santa María, eligiendo a un prohombre que custodiaba en su poder tanto las alhajas como los donativos y limosnas de los devotos. Este oficial o “Jurat”, con un cargo semejante al actual concejal-procurador, guardaba cuantos ornamentos y objetos litúrgicos eran necesarios para el mayor esplendor del culto en el santuario. Y todo ello, afirma el documento, desde tiempo inmemorial, desde siempre se diría,de tant de temps ençà que memòria de homens no és en contrari, del temps de la conquesta a ençà e depuys que la dita invocació de Madona Sancta Maria del Ledó es stada atrobada”[10].

Para el Consell Municipal castellonense, el prior de Vall de Crist pretendía apropiarse de unas rentas que no le pertenecían en absoluto ni a él, ni a los monjes cartujos, sino a la Villa. El documento también afirma que el religioso intentaba “metre la ma en ço que no és seu ni li pertany”. De ahí la protesta firme y el expreso deseo de no ceder ante lo que por costumbre antiquísima le correspondía, como era la administración del santuario de Lledó.

La resolución del pleito entre la cartuja de Vall de Crist y el Consell Municipal se resolvió favorablemente para éste último, máxime cuando cinco meses más tarde el Síndico de la Villa, Juan Tahuenga, presentó ante el prior cartujano un acta de contradicción y protesta[11].

Díaz Manteca concluye que el revulsivo que significó tal pretensión en los ciudadanos castellonenses fue determinante. La villa jamás dejaría perder sus derechos adquiridos a través de más de ciento cincuenta años, defendiéndolos por todos los medios a su alcance a través del Justicia. Y una segunda conclusión. El historiador interpreta este pasaje sorprendente como indicio de la existencia de un ermitorio rural, dedicado a la Virgen María, al menos desde la época de la conquista cristiana, anterior a la aparición de la advocación del Lledó.

La aparición del título e invocación.

La existencia de una ermita en el actual emplazamiento, puesta bajo la advocación de la Virgen María, es algo que la documentación presentada da como un hecho cierto, ya desde el momento mismo de la conquista. Sin embargo, es muy probable que el título especifico y concreto de Santa María del Lledó, que tal vez no tendría en un principio, se le añade por estos mismos años, como deja intuir el documento, al afirmar que el patronato de la Villa sobre el santuario lo era desde tiempos de la conquista y también después “que la dita invocació de Madona Sancta Maria del Ledó es stada atrobada”.

Podemos pensar con cierta lógica que se trataba de una ermita dedicada  en principio a Madona Santa María, la Virgen, como era usual en la alta edad media, situada en un lugar denominado ”lledó”, junto al viejo camino preromano conocido como el Caminàs.

El mismo historiador afirma textualmente que “la aparición de esta invocación, equivalente a la troballa de la imagen, se produce en un momento concreto, cuando la iglesia o capilla ya estaba erigida años y años, porque de otro modo no se entiende que aparezca citada expresamente la frase a que nos referimos”[12]. La imagen aparecida en las tierras colindantes a la vieja ermita medieval singularizaría este lugar de culto sagrado años después.

Es en la alta edad media cuando se produce una explosión devocional mariana en la Península Ibérica, teniendo como representaciones sacras de la misma a figuras corpóreas, como consecuencia del trasvase del eremitismo al occidente europeo. Se facilitaba con ello la construcción de muchas ermitas y santuarios marianos, entre ellos el de Madona Santa María, posteriormente del “Lledó”.

Lo cierto es que la identificación de tal devoción a la Virgen con un patronímico concreto se hizo  en un tiempo incierto con el  antiguo nombre  del lugar, “lledó”. Posteriormente, éste nombre sinónimo de “pujol” o colina del dios Lug, se transformó en un topónimo vegetal, con claras  referencias a un árbol, el almez (lledoner en catalán), cuando comienza a tomar cuerpo la tradición de “la troballa” [13].

Otra cuestión a plantearse, que también se pregunta Díaz Manteca, es si esta primitiva iglesia rural existiría o no con anterioridad a la conquista de la zona por el Rei Jaume I. Lluís Revest, erudito Cronista de la ciudad, apostaba por retraer el origen del culto y devoción a la Virgen del Lledó mucho tiempo antes de aquel 1366, supuesto año de la troballa. Otros historiadores admiten que la comunidad cristiana anterior a la conquista, que convivía con los musulmanes, pudo haber levantado y/o utilizado esta pequeña capilla. Son los mozárabes que aparecen citados en 1178, en la dotalía de la diócesis de Tortosa[14].

El origen del Lledó como templo, con o sin la supuesta troballa de la imagencita de la Virgen por Perot de Granyana, podría remontarse a los tiempos anteriores a la conquista de Jaume I, como muestra de un culto mozárabe, enlazando así vagamente con un lugar de culto antiguo, puesto bajo la advocación de Santa María.

La pequeña imagen de Santa Maria del Lledó.

Especial atención merece el pequeño icono de Santa María del Lledó, centro de la devoción mariana lledonense durante más de seis siglos. La forma de la figura no es ortodoxa con los modelos del arte cristiano. Paradójicamente, el hecho de que no tengamos durante más de seiscientos años ningún testimonio discrepante respecto a su consideración como representación de Santa María es para reflexionar.

El historiador Carlos Sarthou Carreres[15], que pudo contemplarla de cerca a principios del presente siglo, no se atrevió a publicar las conclusiones a las que habían llegado algunas personas expertas en arqueología cristiana, tras una observación minuciosa. El sacerdote doctor Manuel Trenchs[16], que también conoce la imagen de la Virgen castellonense, desvía la atención identificando la imagen-relicario del altar mayor de la basílica con una Virgen de la Esperanza, que alberga en su seno una figurilla del Niño Jesús. El doctor Sánchez Gozalbo, que tuvo la imagen en sus manos en numerosas ocasiones y que incluso la protegió durante algunos días en su propio domicilio, los primeros días de la guerra de 1936, la describe como una “imagen de seis centímetros de altura, desnuda, de gran tosquedad, mutilada por el plano que pasa por las caderas. Cabeza con pérdida de toda la sien izquierda, algún día separada y hoy pegada nuevamente al cuerpo. Ojos hundidos, nariz de base ancha y gran prognatismo de maxilares. Brazos plegados y cruzados sobre el pecho, con mano derecha más corta y ocultada en parte debajo de la izquierda”.

“Varios y no del todo explicables destrozos y mutilaciones”, afirma el doctor Sánchez Gozalbo, “ha sufrido esta venerada imagen a través de los siglos. Debió por golpe fracturarse la cabeza por el punto débil del cuello y quedar separada del cuerpo; quizá entonces perdiera la mitad izquierda fronto-parietal que todavía acusa hoy, vuelta a pegar como está la cabeza al tronco. También se acortó su altura, mutilándola por la región hipogástrica, recubriéndole después la base de sustentación y parte dorsal del torso, con lámina delgada de plata, bordeada en zigzag de ángulos entrantes y salientes cortos, recordando el halo flamígero o sol radiante que llevan las imágenes medievales de Ntra. Sra. de la O, llamada también de la Esperanza. El saliente o pivote que todavía se vislumbra en éste recubrimiento dorsal de la imagen, sirvió para engastarla o colocarla en el ostensorio o relicario que reseñan como existente en el tesoro de la Virgen, los inventarios más antiguos de la ermita, salvados de la destrucción” [17].

Veamos como la describe el doctor Joaquín Campos Herrero, el primero que se atrevió a publicar sus conclusiones[18]: “Su altura, desde la base de sustentación que parece corresponder a la región hipogástrica, hasta el extremo del gorro con que cubre la cabeza, es de 7 cm aproximadamente. Aparece mutilada en región fronto-parietal izquierda. Se adivina la casi total ausencia de frente, debido al elevado nivel de arranque de la nariz, en la que se han cuidado detalles como los orificios nasales y plano anterior a modo de base triangular ancha. Los cabellos han sido tratados a base de incisiones que caen hacia el torso y cubren la parte anterior de los hombros. Ya éste primer estudio nos sitúa ante un elevado numero de signos existentes a lo largo de la antigua historia de Mesopotámia, que en modo alguno hay que confundir como producto de una acción erosiva violenta: zigzags, saetas, cruces svásticas, rombos, triángulos y ciertas composiciones ideográficas.

El doctor Campos continúa analizando la figura, indicando que “destacan, tanto por su belleza como por la riqueza simbólica que encierran, un brazalete en la muñeca izquierda compuesto por dos trapecios unidos por su base menor. Su amplitud supera la anchura de la muñeca y tiene carácter exclusivamente frontal. Ha sido cincelado en el propio alabastro y es de considerable relieve. Es, pues, el signo más antiguo de cuantos hemos reconocido, contemporáneo forzosamente con la figura. En el centro del antebrazo derecho, que se encuentra a menor altura, hay grabados intensamente dos rombos, en posición vertical, unidos por su vértice. En el centro del pecho un orificio sirve de eje a un asterisco.  Este jeroglífico no se percibe en su totalidad, ya que desaparece parcialmente en los cuadrantes de la derecha”.

La reina de las estrellas.

“Estamos sin duda”, afirma con rotundidad el doctor Campos Herrero, “ante una antiquísima representación de la diosa-madre. Por si fuera poco su forma, acuden en apoyo de éste parecer los jeroglíficos que sobre su cuerpo pueden hablarnos de su origen temporal y espacial, al tiempo que manifiestan el carácter divino de la misma”.

En un estudio posterior el profesor profundiza sobre los signos que aparecen sobre la imagen, interpretando que estos pertenecen a una versión de la diosa-madre designada como Isthar, numen que alcanzó gran preponderancia sobre el resto de dioses, y a un culto floreciente. En Babilonia, la figura suprema entre las divinidades femeninas era Isthar, la gran diosa madre, considerada como ser divino creador del universo y que garantizaba la fecundidad de la tierra. En Fenicia y otros territorios recibió el nombre de Astarté y fue la predecesora de la Afrodita griega y la Venus romana. En la mitología religiosa de Asia occidental se identificaba a la diosa con el planeta Venus y se la consideraba hija de Sin, el dios Luna, y hermana de Shamas, el dios Sol. Se decía que el dios Anu, la suprema deidad, había invitado al resto de los dioses a llamarla “Isthar de las estrellas”. El asterisco grabado en el pecho de la imagen de Santa María del Lledó tiene, tal como apunta el doctor Campos, una relevancia divina.

Sus imágenes se colocaban tras la puerta, bajo el pavimento, en pequeños nichos en las dependencias más nobles de las casas y eran objeto de acciones rituales varias, según las costumbres y siempre en relación con los diversos poderes efectivos de la divinidad.

Isthar reúne, según el doctor Campos Herrero, todos los rasgos arquetípicos de la madre y ello constituye, sin duda, la clave para interpretar el éxito de este numen, porque con el paso de los tiempos se van depurando tales características de otros elementos secundarios o simplemente anecdóticos, de modo que Isthar representa la Gran Madre, de forma tan diáfana entre las otras divinidades femeninas que sólo puede parangonarse con la Virgen María, cuyo nombre, representando la máxima depuración de tales conceptos, llega a suplantar a la arcaica deidad [19].

El tipo del Lledó, según se afirma en estos excepcionales artículos, se encuentra representado a lo largo de una franja que puede tomar como eje el río Tigris y alcanza hasta Mesopotámia central, buscando paralelismos en las figuras votivas del Neolítico del próximo Oriente, que representan a la diosa-madre, cronológicamente datados  entre el VII  y el VI milenio a.C. El doctor Joan Llidó Herrero, en su reciente tesis doctoral presentada en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, la sitúa entre el 5.506 y el 73 antes de Cristo[20]. Su llegada a nuestras costas bien pudo hacerse a través de los intercambios culturales y comerciales del mundo fenicio.

El arqueólogo Ferràn Arasa Gil también considera la indiscutible originalidad de la figura en el marco de nuestros testimonios arqueológicos, aunque encuentra  a su vez ciertas semejanzas con algunos ídolos femeninos de Andalucía y Portugal, característicos del periodo calcolítico, que la situarían como la pieza más septentrional de esta incipiente estatuaria eneolítica[21].

Una tercera y de momento última investigación fue realizada en 1986 por el catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza, el profesor Antonio Beltrán y por su ayudante, el profesor Francisco Marco. La iniciativa corrió a cargo del Centre d’Estudis de la Plana, después de la celebración en nuestra comarca de las Primeras Jornadas sobre santuarios, ermitas y eremitas. Por vez primera, la pequeña imagen del Lledó fue despojada de la chapa de zinc de protección de la espalda y zona baja de los brazos, para facilitar durante varias horas su estudio de forma detenida.

En sus conclusiones el profesor Beltrán afirma que se trata de una figura femenina, de alabastro blanco y duro, pero sin ninguna característica concreta de feminidad, que no está desnuda, sino que la cubre un manto o túnica, por encima de los brazos, que podría explicar que no se adviertan los detalles femeninos del cuerpo, aunque su aspecto general así parece confirmarlo. La imagen se labró como objeto de culto, que según el orónimo de “lledó” puede reflejar un viejo culto indoeuropeo.

Para el catedrático aragonés, nada se opone a que en el Lledó existiese un santuario hallstático o ibérico e incluso púnico, aunque la imagen no tiene nada que ver con las que pueden corresponder a estos cultos, pudiendo ser una escultura obra del arte popular de cualquier tiempo anterior al siglo XIV, en la que habría que admitir extrañísimas influencias orientales, vagamente expresadas, pero nunca una obra erudita de un escultor al servicio de cualquiera de las culturas que podemos individualizar en la península[22].

En cualquier caso, acaba indicando el doctor Beltrán, siempre resultará que el pueblo con su sabiduría, que hace las cosas anónimas, intemporales y simplificadas, adoptó como cosa propia la forma plástica de la estatuilla, convirtiéndola en la Virgen del Lledó y distinguiéndola con su devoción sin solución de continuidad desde los tiempos medios hasta nuestros días.

Un antiguo culto pagano, cristianizado.

El momento y de qué forma la pequeña imagen fue asumida por el pueblo como representación plástica de Santa María, la Virgen Madre de Dios, continua siendo un misterio. Podría pensarse que el proceso de integración de las prácticas religiosas paganas en el nuevo orden cristiano, que se produjo a partir del II Concilio de Nicea, explicaría la adscripción de la imagen del Lledó al culto de la Virgen María. Pero la explicación, como afirma M. Carceller[23] tiene obstáculos que se nos presentan aún ahora enigmáticos, porque es difícilmente explicable que una pequeña figura de 7 cm de altura tuviera algún tipo de culto precristiano. Tal vez cabría pensar, afirma este periodista, que se trata de una imagen de devoción en el hogar o incluso de algún exvoto, una ofrenda a la divinidad proveniente del cercano santuario de Venus, en las marismas de Almenara, en señal de un beneficio recibido. Por otra parte no parece posible la coexistencia de ningún culto pagano en la zona del Lledó en la época musulmana de dominio almohade, de una incontenible furia iconoclasta contra cualquier representación figurativa.

Una vez reconquistada y cristianizada la zona por Jaime I en 1233, se restaura en buena parte el culto cristiano en nuestras tierras, dedicándose numerosos templos a santa María bajo la advocación de su gloriosa Asunción a los Cielos.

Sin embargo, como es práctica constante en la Iglesia Católica medieval, la imagen de la Virgen María no suele recibir culto público hasta el Renacimiento, sino en tanto en cuanto es trono de gracia del Hijo e imagen de la Madre de Dios, la “Mare de Déu” de las tierras de lengua catalana, siendo acompañada en la mayoría de sus representaciones con la imagen del Niño Jesús o relacionada directamente con los misterios de la Salvación.

En esta práctica habitual entran en nuestra consideración las lógicas excepciones, caso de la devoción al misterio de la Asunción de María antes citado, que durante los siglos medievales se representa como imagen yacente, la “Mare de Déu gitadeta” o “la dormición de María”, pero raramente en pie, como sería el caso de la imagen de Lledó.

Nadie que hubiese encontrado en la tierra, en pleno siglo XIV, la pequeña figura del Lledó, hubiese sido capaz de asociarla con una imagen de la Virgen, y mucho menos posible hubiese sido el que la Iglesia oficial la hubiera asumido tan rápidamente como imagen de Santa María, hasta el punto de autorizar el representante del cardenal Pietro Corsini al clero de la Iglesia Mayor, la erección de un altar para la celebración de cultos diarios, involucrando al propio Consell. En la Iglesia de Santa María se veneraban por entonces preciosas imágenes de la Virgen en pintura y escultura, que ni remotamente recordaban la tipología de la imagencita del Lledó, de formas toscas y poco atrayentes.

La pequeña imagen del Lledó aparece, al menos aparentemente, desnuda y sus rasgos en ningún momento precisan si se trata de una representación masculina o femenina. Difícil, sino imposible resultaría que, hallada en 1366 como quiere la tradición local, fuese de inmediato identificada con una representación de la Virgen María.

En la segunda mitad del siglo XIV, las sucesivas oleadas de pestes, el despoblamiento de la ciudad y la distorsión consiguiente, a punto estuvieron de borrar del mapa la incipiente población de Castelló. Eran tiempos de una fuerte depresión económica y social en toda la comarca de la Plana. En estas circunstancias hubiese sido más comprensible un aumento de la devoción ante cualquier fenómeno religioso capaz de mantener la esperanza. Pero ni aún así se justificaría la adopción de una imagen tan poco ortodoxa y de características tan extrañas.

La necesidad durante aquellos años de fuertes estímulos, apariciones y señales prodigiosas, reales o ficticias, difícilmente serían capaces de justificar tal alteración en las costumbres, al menos considerando las características formales de la figura y la repercusión inmediata. Ello supondría tanto como considerar a los castellonenses de aquellos años poco menos que incapacitados para discernir la evidencia y situarlos casi al borde de la más ridícula de las ingenuidades.

Avalada por una larga historia devocional.

La tipología formal de la figura, en absoluto atractiva a la sensibilidad de entonces ni de ahora, a pesar de ciertos gustos en determinados tipos de religiosidad y cultos populares, hubiese sido capaz de concitar tan grandes adhesiones y de movilizar peregrinaciones organizadas de toda la comarca de la Plana y aún obligar a los Jurados a ensanchar los muros y elevar las bóvedas de la Iglesia, tan sólo diez o doce años después del supuesto hallazgo.

De no haber llegado la imagen a aquellos días avalada por una importancia religiosa y devocional anterior, que aún hoy se nos ofrece envuelta en el aura del misterio, hubiese repugnado su veneración no sólo al gusto artístico de la época, sino a toda una filosofía de la vida que como tal necesita, capta y expresa los valores vitales para su existencia de una forma determinada en cada momento. Y por supuesto no resulta convincente afirmar que, existiendo Lledó desde tiempos de la conquista de la Ciudad y aún antes, una figurita de apenas 7 cm, de rasgos toscos, mutilada y sin ninguna representación del Niño Jesús, pueda sustituir en los siglos XIV o XV otra representación gráfica de la Virgen María, venerada en el interior de una capilla de larga tradición devocional, que el propio Consell considera como propia y defiende con total firmeza. La imagen estaba allí desde tiempo inmemorial, aceptada por todos, primero como figura de la Virgen María y a partir de un determinado momento bajo la advocación de “Lledó”.

El fenómeno producido en torno al Lledó castellonense no puede ser entendido sino considerando la existencia de un primitivo lugar de culto, sacralizado desde antiguo, donde se veneraba una pequeña imagen, sabiamente cristianizada en tiempo incierto y asumida paciente y pedagógicamente como imagen de la Virgen, Santa María, la Madre de Dios. Así ocurrió en otros lugares, gracias a los elementos propagadores de la nueva fe y por la aceptación del resto de la comunidad, que trasmitió sus fervores de padres a hijos. Incluso para el pueblo creyente de Castelló, su nacimiento a la fe cristiana entorno a la Virgen del Lledó se convierte en un elemento enriquecedor, mucho más interesante teológicamente que el simple descubrimiento de una figura e infinitamente mucho más importante y vinculante que el hallazgo de una estatuilla en la raíz de un almez, entre la tierra y en pleno trabajo de un labrador, a pesar de todo el simbolismo que ello alcanza.

Venerada desde tiempo inmemorial sin título específico, como era costumbre en la devoción medieval, fue designada posteriormente con el patronímico de Lledó, tomando el nombre del lugar (“pujol”, montaña o colina), donde había sido fundado el ermitorio, ampliando también la denominación a la propia iglesia solariega, como queda reflejado en los documentos de los archivos:e açò han feyt e fan de present, de tant de temps ençà que memoria de homens no es en contrari del temps de la conquesta ençà, de depuys que la dita invocació de madona Sancta Maria del Lledo es stada atrobada” [24].

En resumen hemos de aceptar con el doctor Campos Herrero que la imagen venerada como Mare de Déu del Lledó es la “más antigua de cuantas en el mundo son figuración de María” y también “el ejemplo vivo de una de las evoluciones de mayor belleza y riqueza de contenido”. Ni las directrices emanadas por el Concilio de Trento y la Contrarreforma, que ordenaban sepultar piadosamente aquellas imágenes que repugnasen a la sensibilidad de las gentes y al honor debido a la Madre de Dios, consiguieron desterrar del altar mayor de su Santuario esta veneradísima imagen de Nuestra Señora. Así, la piedra que los contrarreformistas desecharon o ignoraron se ha convertido en piedra angular. Por Lledó, lugar sagrado, Castelló de la Plana es uno de los centros del universo.


[1]SÁNCHEZ ADELL, José (1981).Dos notas para la historia de Madona Santa Maria del Lledó en Millars, VII, Castelló. pp 7-21.

[2]Ibídem p.8.

[3]BADÍA MARGARIT, Antonio M. (1966,):Y a-t-il un derivé de Lugdunum en Catalogne?. Mélanges de Lingüistique et de Philologie romanes offerts à Monseigneur Pierre Gardette, Strasbourg, p.51, citado por SÁNCHEZ ADELL, José. (1981): Dos notas para la historia….. Op cit.. BELTRAN, Antonio y MARCO, Francisco (1987): La Mare de Déu del Lledó. Estudio Arqueológico. en Butlletí del Centre d’Estudis de la Plana. Nº 9, Castelló. p 14.

[4]Cf. AGUYÉ, Sebastià. (Carceller Safont, Manuel). Lledó, el lugar sagrado. En Levante de Castellón, domingo, 9 de mayo de 1993. p.36

[5]SÁNCHEZ ADELL, José (1989): El Caminàs. Introducción aLes ermites del Caminàs”.  Excm. Ajuntament de Castelló-Museu Municipal d’Etnología.

[6] Cf. AGUYÉ, Sebastià. (Carceller Safont, Manuel). Geografía de Lledó. En Memoria Urbana. Levante de Castellón, domingo, 9 de mayo de 1993 y Lledó, Boletín Informativo de la Real Cofradía del Lledó. II época, nº 7, mayo (1994), pp. 12-13.

[7]La existencia de esta imagen de la Mare de Déu del Lledó fue descubierta gracias a las gestiones del archivero de la Real Cofradía, Juan José Porcar. Con motivo del Año Santo Mariano, se organizó una excursión a esta pequeña ciudad tarraconense, desplazándose algunos miembros de la Junta de Gobierno, entre ellos el propio archivero, Vicente Farnós de los Santos, Antonio Losas Latorre y el autor de este trabajo. Este primer contacto supuso el inicio de una relación entre la Real Cofradía del Lledó castellonense y el párroco de aquella iglesia.

[8]DÍAZ MANTECA, Eugenio (1985): Notas documentales sobre el Lledó medieval (nuevas aportaciones).En Butlletí del Centre d’Estudis de la Plana. Any I. Núm. 4. Castelló. pp. 57-72.

[9]REVEST CORZO, Lluís (1924): Madona Sancta Maria del Lledó. Notas trecentistas (1379-1384).Sociedad Castellonense de Cultura. Castellón.

[10]dit prohom elet té en son poder les joyes de la dita ecclesia e del acapte e de les presentalles que en aquella se fan, fa en aquella ab consell dels dits jurats e prohomens aquelles coses que entén que són necessàries, així en vestiments, campanes, calzes, creus e creus d’argent, fabricha de aquella e altres coses. 1405, septiembre, 10. A.H.N. Sección de Clero. Carp.470, doc. núm. 10. Pergamino 20×580 cm. Vid. DÍAZ MANTECA, Eugenio  (1985):

Notas documentales sobre el Lledó medieval”. Ob cit. doc. núm. 1.

[11]”Item fon proposat per los dits honrats jurats, que com lo reverent prior de la vall de Jesucrist amagadament hagués presa la possessió de la església de Madona Sancta Maria del Lidó…. e lesta aquella llandonchs, lo dit honrat Consell delliberà e acordà que l.acte o feyt de Madona Sancta Maria del Lidó fos be deffes per justícia, per manera que.l prior e tot altre conegués  que en aquesta vila havie esforç, e que no lexarie perdre la dita vila llur dret, ans entenie be deffendre aquell aytant com posible fos per justicia”. Vide SÁNCHEZ GOZALBO, Ángel (1965) : La ermita de Nuestra Señora del Lledó y los Jurados. En Lledó en la Història. Castelló (1995) doc. I.

[12]DÍAZ MANTECA, Eugenio (1985): Notas documentales sobre el Lledó medieval”. Ob cit.p. 68

[13]La primitiva reja que cerraba el presbiterio de la Basílica, realizada hacia el 1590 por el cerrajero castellonense Gaspar Monseu, se adornaba con varios escudos pintados por Tomás Hernández en 1605, en los que campaban algunos “lledoners”: “Item en los dos escuts que venen al costat de dita creu se han de pintar los lledoners, o alló que ben vist será y dins un ouat…”Cfr. SÁNCHEZ GOZALBO, Ángel (1966): Mejoras en Lledó. En Lledó en la Història. Castelló (1995) p. 103. La presencia de lledoners es notoria a partir del siglo XVII, tanto en algunos ornamentos litúrgicos, donde aparecen bordados, como en lienzos de pintura o en orfebrería.

[14]BETÍ BONFILL,Manuel (1926): Orígenes de Castellón. Sus primeros señores. Sociedad Castellonense de Cultura. Castelló.

[15]”No nos ha sido fácil examinar de cerca esta venerada y diminuta escultura, pero alguna persona perita que lo ha conseguido nos expone opiniones que no nos atrevemos a transcribir

SARTHOU CARRERES, Carlos. Geografía General del Reino de Valencia, dirigida por F. Carreras Candi. Provincia de Castellón.

[16]TRENCHS, Manuel (1947): María. Iconografía de la Virgen en el Arte Español. Madrid. p.82.

[17]SÁNCHEZ GOZALBO, Ángel (1949): Imágenes de Madona Santa Maria. Notas para un inventario en las comarcas de Morella, el Maestrazgo, la Plana y Segorbe. Boletín Sociedad Castellonense de Cultura. tomo. XXV. Castelló. pp. 465-468

[18]CAMPOS HERRERO, Joaquín: Elementos míticos en una advocación mariana: La Virgen del Lledó. Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura. tomo LV, abril-junio.(1979). Castelló. pp. 129-144; y tomo LVI, enero-marzo (1980), pp. 91-97.

[19]Ibidem, tomo LXI, julio-septiembre (1985), p. 447.

[20]LLIDÓ HERRERO, Joan (1998): Las manifestaciones de lo divino en las culturas prehistóricas castellonenses”. Pontificia Universidad Gregoriana. Roma.

[21]ARASA GIL, Ferrán (1979): Arqueología del terme municipal de Castelló de la Plana. En Cuadernos de prehistoria y arqueología castellonense. Diputación Provincial de Castellón. p.153. El profesor Arasa describe de esta forma la imagen: “Aquesta imatge és una figureta d’alabastre, de 7 cm d’altura. La seua base de sustentació, que sembla correspondre a la regió hipogàstrica, i la part dorsal estan recobertes en l’actualitat per una fulla d’argent acabada en zig-zag, que permetria sostindre-la als vells reliquiaris. El cap està recobert per un casquet, i sembla mutilat en la regió fronto-parietal esquerra. El front és quasi inexistent, degut a l’elevat nivell d’arrancament del nas, en el qual s’han cuidat detalls com els orificis nasals. Els cabells han estat tractats com a incisions allargades que cauen cap als muscles, conservant en la part del cap vestigis de pintura fosca. Els ulls tenen forma el·líptica molt estilitzada, i estan pintats d’un blau fosc. Damunt del pit, i en la seua part central, apareix un orifici que serveix d’eix a un asterisc, rematat al seu exterior per un estel apuntat que uneix, de dos en dos, els radis del mateix. Aquest asterisc no es veu en la seua totalitat, ja que desapareix en part sota els quadrants de la dreta, calculant-se els radis entre 16 i 20. Al bras esquerre i a l’altura del canell te un relleu composat per dos trapezis allargats units per la seua base menor, superant la seua amplitud l’amplària de la govanella. Al centre del braç esquerre, que es troba a menys altura, hi han gravats dos menuts rombes en posició vertical i units per un dels seus vèrtex. En la perpendicular inferior del colze dret, quasi al final de la superfície visible del cos, sembla dibuixar-se un ideograma horitzontal. En tot el cos cal assenyalar possibles vestigis de policromia ocre, apareixent de forma inequívoca com una banda fosca de tonalitat grisenca en la part inferior del braç esquerre. Per últim, cal dir que, malgrat l’opulència formal, la figureta no ofereix signes d’esteatopigia”.

[22]BELTRAN, A. – MARCO, F (1987): La Mare de Déu del Lledó: Estudio Arqueológico. Op cit p.59.

[23]Cr. CARCELLER SAFONT, Manuel: La Reina de las Estrellas. En Levante de Castellón. domingo, 2 de mayo de 1993. p.34.

[24]FRANCÉS CAMÚS, Josep Miquel (1986): Sobre la Virgen del Lledó castellonense y la “supuesta” troballa. Primeras Jornadas monográficas sobre Santuarios, ermitas y eremitas. Monografía núm. 1 del Centre d’Estudis de la Plana. Castelló.

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