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Monición de entrada a la Solemne Misa del 250 aniversario de la bendición del santuario de Lledó. 1766-2016

Hermanos y hermanas.  Al inicio de esta Eucaristía Solemne un saludo especial y amable hacía las autoridades municipales que han querido compartir con todos nosotros esta celebración extraordinaria. A mis hermanos sacerdotes el M.I Sr. Canónigo de la Santa Iglesia Concatedral y párroco de la Sagrada Familia, mossén Joaquín Guillamón, al Sr. Arcipreste de Castellón don José Luis Garcia Suller, al castellonero Don Fernando Arrufat, sacerdote de la Prelatura del Opus Dei. A mossén Jose Porcar , sacerdote hijo de Castelló, que por su edad, de niño, pudo entrar en 1936 en este sagrado lugar y encontrarlo profanado por la impiedad y semidestruido y que ahora alegra su corazón sacerdotal y castellonero viendo restaurado y embellecido. A otro sacerdote castellonero don Carlos Dolz , vicario de la parroquia de la Esperanza, que hoy confía a la Virgen a su madre, fallecida hace apenas unas semanas

Nuestro saludo respetuoso en primer lugar hacia el Regidor Procurador de la Basílica del Lledó Enric Porcar Mallén y a los Sres Concejales del Excmo Ayuntamiento doña Begoña Carrasco, doña María España, don Carlos Feliu y doña Salomé Pradas, del Grupo Municipal del Partido Popular y don Vicente Vidal del grupo municipal de Ciudadanos,

Saludamos con cordialidad y agradecemos la presencia del Sr. Presidente de la Junta de Gobierno de la Real Cofradía del Lledó don Ferrán Barberá y del resto de miembros de la Junta de Gobierno y de la Junta de Señoras Camareras, siempre atentos a colaborar y secundar las iniciativas pastorales de los sacerdote de la Ciudad y del Prior de esta Santa Basílica,

También saludamos a los representantes y miembros de otras cofradías, asociaciones religiosas y culturales. Una acción de gracias a la Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de nuestra Ciudad, y a las Congregación de Hijas de María Inmaculada de Villarreal y Villavieja, por su colaboración en la cesión de ornamentos para resaltar la belleza de la arquitectura de este templo. Y a  Serviflor de Castellón por el impagable trabajo de la impresionante decoración floral. A la coral “Veus de Lledó”, siempre atenta y amable para dignificar la liturgia de  este Sagrado Lugar desde hace muchos años. Que Dios Nuestro Señor y su Santísima Madre, Santa María del Lledó os recompensen a cada uno según vuestras necesidades y colme los anhelos de vuestros corazones.

Hoy recordamos y celebramos que este Santuario del Lledó cumple ahora 250 años. No es el primero. Con anterioridad hubo tres mas. El primero en el siglo XIV, para albergar la pequeña imagen de la Virgen, encontrada según piadosa tradición también ahora hace 650 años. Después hubo otro en el siglo XVI, del que queda tan solo la portada de piedra por la que accedemos. Otro, el tercero, en el siglo XVII, construido por el arquitecto Joan Ibañez, del que no quedó rastro alguno al construirse el actual, bajo la dirección del gran arquitecto Pedro Juan Laviesca de la Torre, nombrado por ese tiempo arquitecto mayor de la ciudad de Sevilla.

El siglo XVIII es el siglo de Lledó. Durante estos años se construye la basílica  actual, se consolida la cofradía y renace un sentimiento generalizado en torno al fenómeno lledonero, que implica a toda la sociedad a través de los gremios. La nueva y actual basílica del Lledó es el resultado del auge que, a todos los niveles, experimenta la ciudad durante el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración y del despotismo ilustrado, del espíritu académico y del neoclásico. Es un tiempo de asombrosos progresos científicos, pero también de guerras y aún de epidemias y calamidades públicas. Es un periodo de notables cambios en la sociedad, que encuentra su reflejo en otras maneras de vivir la fe, en la economía, la cultura y la política españolas.

En 1723 las bóvedas del antiguo templo amenazaban ruina por el paso de los años. La noticia se extendió rápidamente por toda la comarca y conscientes del peligro, pero calculando los enormes gastos que supondrían las obras, no se encontró otra alternativa que convocar una Junta extraordinaria con las máximas autoridades civiles y religiosas, el Gobernador, el Corregidor y los representantes del clero y de los gremios. El año siguiente, el 14 de octubre de 1724 se puso la primera piedra del que iba a ser el cuarto Santuario que albergase la imagen de la Patrona.

El santuario fue obra de toda la ciudad. Todos se implicaron. Se construyeron hornos de cal en los barrios y para la fabricación de ladrillos. El Clero de Santa María aportó parte de sus rentas. También lo hizo generosamente el Consell Municipal, ahora ya constituido desde principios de aquel siglo en Ayuntamiento y de manera especial la Junta de Obras, de la que formaban parte el Prior del Santuario, el concejal procurador en nombre del Ayuntamiento y los Administradores de la llamada entonces “Casa y Hermita”, con representantes de la Cofradía recientemente refundada.

El Ayuntamiento autorizó para ayuda de las obras una tala extraordinaria de los pinos del pinar de la mar y la cesión de los derechos que sobre él tenia como propietario. Desde entonces, tanto los pastores de la Villa para pastorear sus ganados, como quien deseara cortar las ramas secas para abastecerse de leña, habían de pagar un canon especial a los administradores de la Casa y ermita, contribuyendo de esta manera a los gastos de construcción de la nueva basílica patronal.

Pero llegó un momento en que los recursos no fueron suficientes. Entonces hubo que vender algunas joyas y distintos anillos del tesoro de la Virgen, desprendiéndose también de una parte de las “presentalles” o “exvotos” de plata que, piadosamente, depositaban los devotos en el camarín de la Virgen.

Los tiempos nos fueron nada fáciles. Hubo epidemias de Dengue, con mortandad en la ciudad. La madrugada del 18 de octubre de 1741, cuando ya estaba construida la cúpula, se hundió estrepitosamente. La imagen de la Virgen llevaba muchos años en Santa María. Para continuar las obras de construyó un trinquete para jugar a la pelota valenciana, y poder obtener algunos otros beneficios. El llamado terremoto de Montesa de 1748, que se sintió en toda la Comunidad Valencia, afecto de nuevo a las obras,

Los Gremios de la Ciudad se hicieron cargo entonces de los trabajos, que fueron supervisados por maestros de obras de Lucena, Benicarló y Onda. Y todo continuó de nuevo.

La inauguración del actual santuario.

Los trabajos se aceleraron a partir del mes de abril de 1766. En la sesión municipal del día 7 de junio de aquel año, el redactor del acta no pudo reprimir el sentimiento que embargaba a todos los presentes por el final de los trabajos y la necesidad de solemnizarlos: “Respecto de hallarse construhida la obra del Heremitorio de Nuestra Señora de Lledó, patrona de esta Villa, y haverse de hacer fiesta por ello, se represente al Consejo permita libranza de los propios de esta Villa, la cantidad que estimare para las fiestas que ocurrirán, cuya representación se haga por el abogado de esta Villa, satisfecha de sus Fueros y debidos derechos” [1].

“Conducir dicha soberana Reyna a su templo”.

El día 19 de julio de 1766 el salón noble del Ayuntamiento fue escenario de dos reuniones. A la primera de ellas asistió el gobernador, Bernardo Velarte, los regidores Vives y Tosquella, el Vicario Mayor, mossén Francisco Pradas, el prior, Jaime Monseu, el procurador de la Virgen, Josep Pascual y el “obrero”, Miguel Tirado. El regidor decano manifestó con satisfacción, que habiendo finalizado las obras era el momento oportuno para devolver la santa imagen a su templo, haciendo ”alguna demostración en obsequio de Nª Sra”.

Los presentes delegaron plenas competencias en el regidor Vives, como responsable de los actos, para organizar el traslado de la Virgen con sus correspondientes días de fiesta, que correrían a cargo del clero, el Ayuntamiento, los caballeros, la nobleza y los gremios. El clero de Santa María respondió con un gesto a la altura de las circunstancias: Si los fondos del Real Consejo no fuesen suficientes para sufragar la misa solemne, el sermón, la cera utilizada y la procesión, el resto lo pagarían los sacerdotes de la ciudad.

Horas más tarde se reunía en el mismo lugar en sesión extraordinaria el plenario del municipio, con asistencia de todos los regidores y del propio Alcalde Mayor. Afirma el acta redactada al efecto que, hallándose próxima la celebración de las fiestas sobre la conclusión del templo de Nuestra Señora del Lledó, y haverse previsto conducir dicha Soberana Reyna a su templo, por hallarse mucho tiempo hace en esta Villa, nombraron a don Vicente Vives para que corra en la disposición de dicha celebridad y que el día de su fiesta predique el Padre Lector Tubiado Villalta, prior actual del convento de agustinos”[2]. El acuerdo unánime fue bajar la imagen de la Virgen el ultimo domingo de agosto, que era el primer día del novenario, en la jornada en la que la Villa celebraba habitualmente la fiesta principal, con una gran procesión.

En efecto, el domingo día 30 de agosto de 1766, siendo obispo de Tortosa Bernardo Velarde y Velarde, retornó solemnemente la imagen a su santuario desde la Iglesia Mayor, acompañada por una inmensa multitud, que había llegado de todos los pueblos de las comarcas próximas a la Plana. También llegaron gentes desde la ciudad de Valencia, atraídos por la fama de los arquitectos constructores y la suntuosidad de la decoración de la nueva basílica. La imagen fue entronizada en el altar mayor del santuario entre grandes festejos, donde no faltaron los bailes de los gigantes y cabezudos, las corridas de caballos “per la joia”, las fiestas taurinas en la explanada del templo y las solemnes celebraciones litúrgicas. La bendición solemne tuvo lugar el domingo inmediato al día 8 de septiembre, fiesta del Nacimiento de la Virgen María.

Los sermones de las fiestas fueron pronunciados desde el nuevo púlpito de madera, adornado con rica talla dorada, que mandó construir a sus expensas la noble y caritativa dama Isabel Ferrer. Reinaba el rey Carlos III y ese mismo año había sido nombrado obispo de Barcelona, el castellonense José Climent Avinent, gran devoto de Nuestra Señora del Lledó.

Para tal ocasión el grabador de Torreblanca, Joaquín Fabregat, grabó sobre cobre una estampa de la Virgen ante el lledoner, con la figura de Perot de Granyana a los pies. Alma y motor de la organización de los festejos, como lo había sido de los trabajos, fue el dinámico mossén Jaime Monseu, durante tantos años Vicario Perpetuo de Santa María y por dos trienios prior de Lledó.

Habían transcurrido, desde 1724, más de cuarenta y dos años desde el inicio de las obras del santuario. Muchos de los que lo comenzaron ya habían muerto. Otros castellonenses habían nacido con las obras en marcha. La historia continuaba desgranándose a los pies de Santa María del Lledó y una pequeña imagencita, de apenas seis centímetros, era el motor.

No ha sido esta larga monición una lección de historia, ni una simple evocación de tiempos pasados. Estamos al inicio de una celebración de Acción de Gracias, y en un año muy especial, el Jubileo de la Misericordia.

Que nos ha revelado la escucha de este relato histórico de nuestra ciudad y de nuestros antepasados?  Que como dijo María en su visita a su prima Santa Isabel, desde ahora todas las generaciones me llamaran bienaventurada. Asi ocurre aquí en este sagrado lugar desde hace ya 650 años y así continuará si Dios lo quiere por los siglos. Su Misericordia llega a sus hijos de generación en generación.

Todo para venerar una pequeña imagen de apenas 6 centímetros de altura. Todo para honor y gloria de Dios Nuestro Señor y para cobijar bajo estas bóvedas en entre estos muros centenarios a sus hijos que aquí acuden para encontrar en la Madre, la alegría, la esperanza y el consuelo.

Lloada sia per sempre Madona Sancta Maria del Lledó.

Por eso proclamemos la Gloria de Dios.

 

 

[1]Sesión Municipal del 7 de junio de 1766. Sesiones de Ayuntamiento (1760-1766).AMC.

[2]Sesión Municipal del 19 de julio de 1766. Ibídem

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